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[CINE] George Harrison: en busca de un Dios material

Igual que con The Rolling Stones, The Band o Dylan, uno de los últimos maestros del cine (Martin Scorsese) se acerca a otro músico clave: George Harrison. En un documental de casi cuatro horas de duración va desvelando cada aspecto de su persona, intentando averiguar si es un personaje tan desconocido como siempre se dijo.

Analizando su etapa como beatle, supuestamente a la sombra de McCartney y Lennon, y yendo hasta sus aventuras espirituales en la India bajo la tutela de Ravi Shankhar, Harrison es para muchos (entre ellos quien redacta estas líneas) un músico con la suficiente autonomía e identidad como para forjar su propia leyenda. Las composiciones complejas que compuso para Revolver o Rubber Soul, su primera obra magna en solitario All Things Must Pass (a la que siguió un concierto en Nueva York y el disco que pone título a este film), y su aventura con el sitar brillan con bastante fuerza en su biografía, por reconocibles tanto como por lo insólitas y referenciales que resultan en la evolución de la música popular a finales del siglo XX. De ahí que un documental sobre sus logros y fracasos pueda dar un poco de pereza, especialmente si se quiere huir del complejo mitómano que viene a acompañar este tipo de películas. Por no mencionar el hecho de que las más de tres horas y media de metraje (con una buena cantidad de material inédito, lo cual se agradece) proceden en parte de la viuda del compositor (y principal beneficiaria de los derechos de imágenes generados por George). O señalar que las entrevistas se hayan realizado no solamente a personajes directamente vinculados al protagonista, como Ringo o Eric Clapton (el cual muestra desmesurados y preocupantes brotes de veneración); también se incluyen declaraciones de músicos y cineastas destacados que compartieron una etapa aislada de su biografía, y cuyo testimonio en su favor, muy fiel a la “versión oficial” tiene un lugar destacado, pasando por encima de imágenes de archivo ciertamente más útiles y clarificadoras para el espectador.

Si la complacencia del film es su principal error, no sería justo dejar de llamar la atención sobre el ritmo prodigioso con el que está montado. La extensa duración se aguanta sin problemas, el modo de narrar la historia (sobre todo en la parte de los Beatles) es limpio, y sabe despertar interés en la biografía del autor. Hay momentos realmente impresionantes, como el momento en que se cruzan Ringo y Harrison en televisión tras varios años sin verse, y momentos inquietantes como aquellos en los que interviene Phil Spector (lo cual no defrauda); tampoco faltan escenas sensibleras y surrealistas, como corresponde. El responsable es un “perro viejo” llamado Martin Scorsese.

Su filmografía en el campo de la ficción es conocida de sobra. Lo es menos su trabajo como realizador de documentales (sobre cine italiano y americano, sobre los padres del rock en The Blues, y hasta de la Estatua de la Libertad), registrando conciertos (es necesario ver la despedida de The Band en la prodigiosa The Last Waltz, de 1978), o su labor como director de videoclips (suyo es el Bad de Michael Jackson). También se conoce el carácter profundamente católico de su obra: de no haber sido un director de cine tan importante, probablemente hubiera sido un escandaloso sacerdote muy interesado en la teología de la liberación.

Una de las características de su cine, presente de fondo en este documental, es la exploración exhaustiva del personaje central, con una cierta distancia; es difícil encontrar protagonistas en sus films que no estén prácticamente en cada fotograma; seguimos sus movimientos, su soledad, y a menudo la compleja forma de vida que han elegido; su ascenso siempre vertiginoso y su lenta caída. Para Scorsese, poco importa que fuéramos seres evolutivos en el pasado; la cuestión principal es que lo somos en el presente. Seres cambiantes y frágiles, profundamente necesitados de la Verdad (esa que él mismo como creador imperfecto persigue y muchas veces ésta parece rehuirle, quizá porque suele ser poco piadoso con sus criaturas).

Sus personajes pueden asistir al juicio imparable sobre sus vidas, o bien ellos mismos vuelven la vista atrás y nos descubren sus puntos clave, todo con una visceralidad tremenda y sin concesiones. De ahí que resulte un tanto decepcionante esta cinta una vez se conoce el modo de proceder del neoyorquino. Aquí Harrison no se enfrenta a su leyenda, ni tiene la capacidad de explicarse que, por citar un par de ejemplos, sí tuvieron Bob Dylan en No Direction Home (2005), o los personajes de Casino (1995). Se mitifica desmedidamente su ambigua espiritualidad, y su conversión a una mezcla de budismo occidentalizado con ácido sincretismo (viajando a las “puertas de la percepción” vía LSD, obviamente) como reacción al catolicismo que tantos estragos causó en su entorno familiar a base de moralismo pervertido.

Harrison, a pesar de su búsqueda constante, no exenta de honestidad aunque tampoco de desorientación, de un Dios real (como se intuye en canciones como My Sweet Lord), no llegó a comprender que real no significa material (“algo que puede tocarse, palparse” expresó en un anhelo el exbeatle), pero sí personal y cuya cercanía se puede experimentar aunque sea invisible, o un murmullo. Sea por descuido, o de manera intencionada, el documental de Scorsese muestra la extenuante e insatisfecha actividad espiritual de Harrison siempre partiendo de sí mismo en una extraña idea sobre la libertad, mientras los personajes entrevistados insisten una y otra vez en el contraste con su plenitud vital. Una plenitud que sólo puede obtenerse cuando se alcanza la verdadera libertad, imposible de obtener únicamente por nuestros esfuerzos.

 

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George Harrison: en busca de un Dios material por Daniel Jándula Martín se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

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[ARTES] MIS PRISIONES, por Piranesi

Según John Howe, diseñador de los escenarios para las películas de Peter Jackson sobre El señor de los anillos, “se puede entrar a las cárceles de Piranesi, pero no salir de ellas”. Mientras en los pasillos del Museo Dalí son grabados escondidos, hasta el 9 de septiembre algunos de sus grabados pudieron verse en Madrid.

En la actualidad (partiendo de la base de que nos referimos a mundos civilizados), pocas veces uno cae en prisión por cuestiones de ideología o creencia. Nunca antes hemos disfrutado de mayor libertad que la de hoy para manifestar nuestras inquietudes y protestar por lo que creemos que es injusto. La época de Piranesi (Mogliano Veneto, 1720 – Roma, 1778) era muy diferente. Y él supo retratar como nadie esa angustia que suponía ser un preso en el siglo XVIII en su serie de grabados Carceri d’Invenzione (“Las cárceles imaginarias”, entre 1745-1760). Ser preso en el dieciocho suponía sufrir condenas muy desproporcionadas en relación a la falta cometida, además de las diferencias de trato según el nivel social (mejor dicho, económico) del condenado, por no hablar de la oscuridad, la humedad, o insalubridad del lugar. No en vano, la dignidad de los presos fue una de las proclamas principales de la Ilustración, algo a lo que seguramente el arquitecto de Treviso no pudo sustraerse mientras se sumía de un modo obsesivo en la realización de esa colección de 30 piezas. Pero hay más detrás de estas impactantes creaciones que una reivindicación social. Es antes que nada una reivindicación espiritual (en este sentido es notoria la fijación de este artista por Tiepolo y Rembrandt), y más tarde, pasó a convertirse en una especie de fuente cultural de la que bebieron los soñadores del romanticismo, los cubistas, el belga Francois Schuiten, Escher, y hasta el mismo Goya.

Lo primero que impresiona de las obras es su complejidad, así como lo enormes que son esas catacumbas. Siempre se supo que debajo de Roma las ruinas de capas anteriores se encontraban a gran profundidad, pero la inventiva de Piranesi convierte esa sospecha en inquietud: pasillos altísimos que no conducen a ningún sitio, juegos de escaleras, profundidad de campo, niveles tortuosos, vigas enormes que sostienen puentes levadizos imposibles, ruedas de tortura inmensas, cadenas tremendas que penden de grandes bloques de piedra. Cuando uno presencia estos grabados, el efecto es alucinatorio, son imágenes que subyugan a quien las contempla; y pronto aparece la conmoción cuando de vez en cuando se ven diminutos individuos y se comprende la perspectiva descomunal, lo casi irracional de un espacio que, recordemos, está situado bajo tierra, de ahí la cantidad de claroscuro. El hecho de realizar sus grabados metódicamente sobre cobre, les confiere de modo automáticamente la impresión de haber trabajado con decisión. Y lo hizo: era rápido y con las ideas muy exactas, con un gran dominio de su técnica. Sin embargo, siempre le quedó la espina de no haber triunfado en la arquitectura, su gran pasión tras estudiar la obra de Vitrubio; y también fue “preso” de otras dificultades, nos recuerda el artista John Howe: “preso de la pobreza – a pesar de las tiradas largas que se hacían de sus grabados -, y la tiranía del blanco y negro”, de la tinta, de una imaginación desbordante y cerca de lo demencial. En efecto, quien cae en cualquiera de estas prisiones, no sale jamás…

… a no ser que vaya hacia la luz. En esta serie puede encontrarse a menudo un candelero arrojando algo de luz al lugar, a veces tras largas cuerdas que parecen corresponder a esas luces, y sin embargo penden de poleas para volver a perderse fuera del cuadro. Esas fuentes de luz, que parecen insuficientes dentro de esa escenografía que nos remite constantemente a la entidad antigua, el carácter pétreo de un hombre arcaico que es la sociedad donde su biografía se sucede. Pero hay en la vida y obra de constante lucha de Piranesi la idea subyacente de que la luz debe estar en lo alto, sin que importe su tamaño respecto al conjunto, pues es la única manera de que uno pueda encontrar orientación en el sinsentido que muchas veces hallamos bajo la ciudad.

Más luminosos, una muestra de los aguafuertes hechos de Roma en la superficie pueden verse estos días en Madrid.

- Giovanni Batista Piranesi: Vedute di Roma. Biblioteca Histórica de la Universidad Complutense de Madrid. Noviciado, 3. Hasta el 9 de septiembre de 2011.

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Mis prisiones, por Piranesi por Daniel Jándula Martín se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

[LITERATURA] El hombre inquieto, de Henning Mankell

La serie de novelas protagonizadas por el inspector Wallander es la mejor saga de novelas policíacas que podemos encontrar. El escritor sueco Henning Mankell ha conseguido crear un personaje inolvidable, cuyas aventuras llegan a su fina con la novela El hombre inquieto (ed. Tusquets, 2009). El último título de la serie (salvo sorpresas) se convierte en un broche de oro para la serie, una despedida redonda que nos deja con la tristeza de perder a un personaje que ya forma parte de nosotros, pero con la satisfacción de hacerlo por la puerta grande.

La trama policíaca de la novela no es la mejor de la serie, lo cual no quiere decir que no sea buena, ni mucho menos.. ¡es que el listón está muy alto! Pero, en realidad, la investigación es lo de menos, lo mejor de esta novela lo encontramos en el personaje de Wallander, que se presenta como protagonista indiscutible de toda la historia, ajustando cuentas con su pasado personal, familiar y profesional. El final que ha preparado Mankell para su personaje es emotivo, valiente y original, ante el que no queda otra cosa que felicitarle. Si, finalmente Wallander vuelve a protagonizar otra historia, estaremos de enhorabuena. Si ésta es la última novela, como todo parece indicar, podemos afirmar que el broche final ha estado a la altura de toda la serie.

Desde el principio de la novela, encontramos a un Wallander diferente. El tono de la novela ya nos hace sospechar que estamos ante una despedida. Kurt está a punto de cumplir 60 años y lleva 5 años viviendo en el campo tras abandonar su apartamento de Mariagatan, un sueño que llevaba varios años deseando cumplir ya que “el apartamento le traía a la memoria demasiados recuerdos nostálgicos que acrecentaban su sentimiento de soledad”.

La cercanía de los sesenta, le llevan a plantearse su vida, no quiere envejecer en soledad, no cree en Dios, por lo que no puede hallar consuelo “pensando que lo aguardaría algo al otro lado del río de oscuras aguas”. Lucha por no convertirse en “un hombre huraño y amargado y envejecer en soledad”.

Dubitativo, nostálgico, descolocado, Wallander hace balance de su vida y se enfrenta a una pregunta que le inquieta: “¿Qué me espera a partir de ahora?”. La noticia de que su hija Linda se ha quedado embarazada, es un soplo de aire fresco en la vida del inspector que ahora se prepara para ser abuelo. A pesar de la llegada de su nieta, la vida de Wallander continúa sumida en el desasosiego y la desolación interior “era como si todo él, de forma imperceptible, estuviese transformándose en un reloj de arena cuyos granos fuesen cayendo silenciosos”.

Wallander viaja un día a Estocolmo, acompañando a su hija, para celebrar el cumpleaños de su consuegro, Hakan, “un antiguo capitán de fragata que había tenido bajo su mando tanto unidades submarinas como naves de superficie especializadas en la detección de submarinos”. Los dos tienen una conversación en la que Kurt percibe que el hombre muestra cierta inquietud que no sabe muy bien cómo explicar. Pocos días después, desaparece sin dejar rastro.

L a investigación del caso por parte de la policía de Estocolmo no da frutos y Kurt relaciona su desaparición con la conversación que mantuvo con él en el día de su cumpleaños. Sospecha que todo está relacionado con la historia que le contó sobre la violación de aguas territoriales suecas por parta de varios submarinos soviéticos a principio de los años 80. Hakan sospechaba que había un espía sueco que le pasaba información a los rusos y durante 25 años había estado investigándolo.

Wallander se sumerge en una investigación que le llevará a los años de la guerra fría, en una historia “sobre los condicionantes de la política, un viaje por el pantanoso terreno en que la verdad y la mentira se intercambian la apariencia”. Varios años después de la guerra fría y de la caída del muro de Berlín, “sombras del pasado volvían a surgir”.

Esta historia es la trama principal de la novela, en la que Kurt sospecha que la familia de Hakan guarda secretos oscuros bajo una apariencia de amabilidad y felicidad, porque “una actitud abierta y accesible puede ser una especie de candado invisible con el que encierran una realidad que no tienen el menor deseo de desvelar”.

El caso tiene varias dificultades, por una parte es la policía de Estocolmo quién se encarga de la investigación, él lo hace a nivel personal, con las limitaciones que eso conlleva. Por otra, es un caso que afecta a la familia del novio de Linda, por lo que su hija puede verse afectada por lo que descubra.

Esta situación de Wallander es novedosa. Ya no lo vemos como el jefe de investigación, dirigiendo de forma eficiente a su equipo policial. Aún así, se presentan casos secundarios que resuelve a lo largo de la historia y que, a pesar de su corta extensión, no están elegidos al azar, el autor realiza una disección magistral de la sociedad sueca a través de ellos.

Además, como colofón a la despedida que se vislumbra, Wallander va recordando todos los casos que ha investigado en el pasado y que componen los diferentes títulos de la serie. También volverá a reencontrarse con las personas que fueron importantes para él en su pasado y que marcarán sus reflexiones sobre su presente y futuro.

Henning Mankell realiza un homenaje a su propio personaje, y nos lo presenta en su faceta más humana y débil. Esta característica, que ha presidido todas las novelas, se acrecienta en esta ocasión. Wallander tiene pánico de envejecer, no quiere convertirse en alguien como su padre, observa impotente como su cuerpo y su mente se van deteriorando, con varios episodios preocupantes que le desconcertarán. A pesar de todas las adversidades hará todo lo posible por resolver un caso en el que su intuición volverá a ser puesta a prueba, aunque en esta ocasión él mismo dudará de su eficacia.

Cuesta despedirse de un personaje que me ha hecho disfrutar con locura de sus novelas. Me ocurrió lo mismo cuando tuve que despedirme de Poirot en Telón. En aquella ocasión el adiós era definitivo y esta vez todo parece indicar que también, aunque siempre hay una puerta a la esperanza…

Pero no quiero decir un ¡Hasta siempre, Wallander! A partir de ahora, cada cierto tiempo, volveré a sumergirme en sus aventuras, comenzando por La pirámide (los relatos anteriores a su primera historia), continuaré con Asesinos sin rostro, la primera novela de la serie, y continuaré con el resto de títulos, disfrutando de la mejor serie de novelas policíacas que he leído.

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El hombre inquieto (artículo) por Miguel Ángel Gómez se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.