cartas
al director
Valencia, 2/3/2007
Estimado señor: Le felicito sinceramente por el artículo. No me voy a alargar, aunque el título que pongo a la carta podría dar mucho de sí. Hace Ud. alusión a la complejidad o dificultad del tema de la homosexualidad, constatación que comparto, como comparto igualmente la obligación del respeto y acogida que a toda persona -incluída la homesexual- se debe, y su afirmación de que entre la gente que se dice cristiana son muchísimos más quienes no admiten como lícita la práctica homosexual.
Sin,embargo, el título de la carta quiere decir -leído al revés- que lo último ha estado y está encuadrado en lo intermedio desde que el cristianismo existe, y que esto intermedio lo está en lo primero necesariamente. Toda religión que merezca ese nombre nace en un determinado marco cultural que la hace posible, de modo que entre cultura y religión se produce un mutuo intercambio: la religión se incultura y la cultura se hace religiosa. Pero sucede que ambos fenómenos no evolucionan paralelamente, muy al contrario, lo hacen divergentemente, debido a que la cultura es esencialmente evolutiva y cambiante, pues no se sujeta a escrituras sagradas, reveladas o no, ni a ortodoxias dogmáticas o morales, en tanto que la religión sí lo hace. El resultado parece ser que necesariamente surgirán tensiones entre una cultura evolucionada y una religión que nació ya cristalizada -o llegó a estarlo en algun momento- en sus dogmas teológicos o morales, cristalización con dos presupuestos: el de una fe que se acepta a priori y sin posibilidad de contrastar científicamente sus asertos, y el de una concepción antropológica dirigida y condicionada por lo anterior.
Me temo que no hay manera de entender y vivir un cristianismo de rostro humano cuando se intenta entenderlo y viviro a contrapelo de las adquisiciones de las ciencias antropológicas. El respeto que se les niega a los homosexuales y a su dignidad, prtendidamente basado en la revelación divina -postura todavía defendida por la Iglesia católica en su jerarquía y en la inmensa masa de creyentes acríticos y desinformados que la componen- es, por eso mismo, una acusación no formulada ni explícita ni conscientemente a Dios mismo. ¿No está Dios también detrás del origen y de la evolución de la cultura?. Y, si es así, ¿no está Dios en contradicción consigo mismo, de acuerdo a lo que esa jerarquía y esa masa de creyentes defienden?. Desde el Levítico hasta el siglo XXI han transcurrido más de 3.000 años. La sexualidad humana sigue siendo reproductiva, como lo pensaba Moisés, pero ¿sólo es eso después de Freud?. Muy mal servicio prestan a su fe y a su religión quienes la viven y la predican con semejantes anteojeras. Más aún, me parece blasfemo contra Dios el considerar pecaminoso un acto homosexual -que puede serlo, claro, como también uno heterosexual-, si se tiene en cuenta que el creador a infligido a los homosexuales la cruel broma de dotarlos de capacidad afectiva prohibiéndoles absolutamente su ejercicio. Ése no es el Dios de Jesús, tampoco, por consiguiente, debiera serlo de quienes se reclaman como sus discípulos.
Una religión aculturada es una religión no sólo inservible, sino nociva para quienes la siguen. Me resulta extraordinariamente penoso el espectáculo que vive actualmente el anglicanismo -lo del catolicismo me resulta escandaloso- en el que los anglicanos del tercer mundo -la mayoría- cuya cultura -que es muy respetable, pero también muy necesitada- liderados por el arzobispo nigeriano Akinola, se están llevando el gato al agua frente a la minoría que pretende anteponer la Persona de Jesús y su Evangelio a las ortodoxias morales petrificadas. ¿En quiénes estaría pensando B. XVI cuando en Auschwitz preguntó retóricamente a Dios dónde estaba cuando los hornos echaban humo?. Me temo que no precisamente ni en los homosexuales ni en los gitanos asesinados por centenares de miles.
No raramente, en mi ministerio de confesonario o dirección espiritual, he entrado en contacto con personas homosexuales a quienes la prohibición de amar según su naturaleza es inversamente proporcional a su permiso para sufrir hasta el punto de contraer serias patologías psicológicas.
Había prometido ser brece, pero se me han calentado los dedos. Perdón. Con mi mayor consideración y estima. Enrique L. Ibáñez
Enrique L. Ibáñez Sacerdote católico
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