Por qué Friends nos arruinó la vida sentimental

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Reconozcámoslo: pocos planes apetecen más para un tedioso julio o agosto que tragarse las diez temporadas de Friends. Y probablemente haya pocos planes mejores. Así que aprovechamos para hacer una reflexión breve sobre este fenómeno de los noventa al que le ha salido un claro competidor (How I met your mother). Texto de Noa Alarcón.

DE POR QUÉ FRIENDS NOS ARRUINÓ LA VIDA SENTIMENTAL

Parto del hecho de que seguramente hay pocos fans más absolutos de la serie que yo. Que me habré visto dos o tres veces sus diez temporadas. Que llegaba tarde al trabajo para verla cuando la echaban por televisión. Pero también es cierto que uno tiene que ser honesto con sus pasiones.

Quizá ya lo sabíamos desde hace tiempo. Quizá ellos no inventaron nada y solamente le tomaron el pulso al mundo que habitábamos, heredero del amor libre de los sesenta pero aún preso de la tiranía romántica de los cincuenta. Pero del mismo modo que Los Simpsons nos enseñaron por primera vez a ser políticamente incorrectos, Friends nos enseñó que las relaciones sentimentales se rigen por un amor efímero y caprichoso del que en realidad somos esclavos, y de paso, mientras nos entretenían, arruinaron nuestra vida sentimental.

En esos momentos en los que empiezas a asomarte al mundo de los adultos y tu vida se llena de poderosas promesas de lo que será la libertad dentro de unos años, ver Friends era algo más que un entretenimiento pueril de sobremesa. Esa era la vida moderna que deseábamos aquellos que teníamos todavía una hora límite a la que llegar a casa y a los que nos controlaban la paga semanal. Teníamos paciencia porque sabíamos que creceríamos y entonces nos alejaríamos de una vez de nuestros padres, traeríamos a nuestros amigos a nuestra casa a la hora que nos diera la gana y tendríamos un montón de citas, porque eso era lo que hacían las personas normales.

Friends nos hizo creer (quizá sin que ellos mismos se dieran cuenta, quizá dejándose llevar también por el flujo de los tiempos) que las relaciones sentimentales son de usar y tirar. Que el amor es una sensación que nos embarga de repente, sin control, por la que nos tenemos que dejar arrastrar porque esa vorágine es el único modo de ser felices. Nos lo dijeron y nos lo creímos como tontos, y así nos fue. Ahora tenemos treinta años y a muchos nos cuesta mantener una relación seria, porque somos incapaces de ver que en la perseverancia y el compromiso hay algo mucho más valioso que en el arrebato.

Cuando llegas al mundo real, ese que está a este lado de la pantalla, te das cuenta de que nada de lo que promulgaba Friends es cierto. Vivir esclavos de ese sentimiento egoísta y variable al que malamente llaman amor es una tiranía. En la vida real uno es responsable de sus actos, de los que hace y de los que no, y el amor no es ningún amparo sobrenatural que nos proteja de nuestras malas decisiones. Da igual que lo hicieran en nombre del amor, seguirá siendo inmoral que Ross besara a Rachel cuando aún salía con Julie, aunque la historia de amor de los dos que al final se encuentran quede muy bonita en la pantalla. Tampoco tiene importancia acostarse con un amigo, como hicieron Chandler y Mónica, o Ross y Rachel (de donde les nació una hija, Emma, pero que aun así no los unió hasta el último capítulo de la serie). Nos vendieron la idea de que el sexo está fuera de los sentimientos, una mera transacción que los más puritanos postergarán hasta la segunda o la tercera cita, jamás más allá. Y los que consiguen sobrevivir un tiempo juntos se separan sencillamente por no querer ceder ni siquiera unos milímetros, por no querer cambiar nada ni adaptarse. Porque eso sería traicionarse a sí mismos, dejar de ser felices, en vez de aprender, crecer y madurar. En ese marco es imposible la madurez emocional que se hace necesaria en la vida real para tener una vida sentimental satisfactoria.

Es cierto que no es más que una comedia. Es cierto que lo único que intentaban era mantener pendiente a la audiencia semana tras semanas. Pero el problema es que no se plantearon demasiado que le estaban sirviendo de referencia a una generación (a su lado del Atlántico, pero también a este otro) que había crecido en medio de la crisis de valores de sus padres. Sin nadie que sentara las bases de la realidad, solamente nos quedó la televisión, y a ellos, a los guionistas más preocupados por la audiencia y el entretenimiento que de la verdadera transmisión de valores, es a quienes les debemos nuestra educación sentimental.

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